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| Poetas peruanos contemporáneos - verso libre por Javier Sologuren y Cecilia Izquierdo. Balada para un caballo de Jorge Pimentel PAGINA CINCO | |
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UNO
Página hecha con: |
LA VISITA DEL MARJavier SologurenSoy un cuerpo que huye, sombra que madura BALADA PARA UN CABALLO
Jorge Pimentel
Por estas calles camino yo y todos los que humanamente
caminan.
Por esencia me siento un completo animal, un caballo
salvaje
que trota por la ciudad alocadamente sudoroso que va
pensando
muy triste en ti muy dulce en ti, mis cascos dan contra
el cemento de las calles.
Troto y todo el mundo trata de cercarme, me lanzan
piedras y me lanzan sogas
por el cuello, sogas por las patas me tienden toda clase
de trampas en un laberinto
endemoniado donde los hombres arman expediciones
para darme caza
armados con perros policías y con linternas y cuando
esto sucede
mis venas se hinchan y parto a la carrera a una velocidad
jamás igualada
por los hombres; vuelo en el viento y vuelo en el polvo.
Visiones maravillosas
aparecen ente mis ojos. Y vuelo y vuelo. Mis extremidades
delanteras
ejercen presión sobre las traseras y paralelamente a un
mismo ritmo
antes de asentarse en el polvo retumban en la tierra.
Relincho. Y mi cuerpo
va tomando una hermosísima elasticidad, me crecen
pelos en el pecho
y es un pasto rumoroso el que se ondea y es una música
y es un torbellino
de presiones que avanzan y retroceden en mi vuelo.
Atrás van quedando
millares de kilómetros y sigo libre. Libre en estos
bosques dormidos
que despierto con el sonido de mis cascos. Piso la mala
yerba
y riego mis orines calientes, hirviendo en una como especie
de arenilla.
Descanso a mis anchas, bebo el agua de los rios, muerdo
yerba tallos, rumio.
Mis mandíbulas se ejercitan. Muevo mi larga cola espantando
a los mosquitos.
Los guardacaballos vigilan desde la copa de los árboles.
Caen las hojas secas.
Los días se suceden y suelo dar suaves galopes hacia la
vida.
En invierno los senderos se hacen tortuosos; el fango
todo lo invade.
Para el frío utilizo cabañas abandonadas, cuevas en los
cerros que me resguarden
de las tormentas. Yo observo la lluvia desde mi cueva.
Cae la lluvia
y todo lo moja. Con este tiempo suelo galopar poco
cuidándome
de algún desgarramiento. Muchas veces me siento solo
y llego hasta
los helechos de los ríos para pensar muy dulce en ti
muy triste en ti
y voy galopando bordeando el río añorando alguna
yegua que llegó
a correr en pareja conmigo. A veces los niños que vagan
sueltos por las campiñas
mientras sus padres realizan tareas de recolección o
labranza me montan a pelo
y solemos recorrer ciertas distancias, ganando los años,
aumentándolos.
De ellos sí recibo algún trozo de azúcar. En el verano el
sol se pone rojo
y se hace presente con su alegría y los habitantes de
los bosques y campos
suelen saludarme con el sombrero o con la mano. Yo les
contesto con un relincho
parándome en dos patas. Y con la luz solar que todo lo
invade suelo dar galopes
hacia la vida. Allí
donde mi presencia es esperada me hago realidad. Allí
donde ni un sueño se revela me hago realidad. Me hago
realidad
esos ojos que están cansados de ver las mismas cosas.
Y es en verano
cuando la vida se enciende y mis cascos recogen la hermosura
de la tarde
y asciendo a las cumbres donde diviso extensiones de mar
de cielo de tierra.
Mi figura domina la naturaleza.
Cruza por el cielo un escuadrón de tórtolas.
Cae la noche.
Mi sombra se recobra.
Las ramas crujen.
Y por un instante pensé muy triste en ti muy dulce en ti.
Cae la noche en estos bosques. Pareciera que la piedra
se difunde con la noche
se propaga se manifiesta. Y toda la noche he ido creciendo.
Y crecía y crecía.
aún más aún más ¿Hasta dónde crecerás? No tienes miedo.
No, contesté.
Soy libre.
El día, el nuevo día como algo fresco se anuncia solo.
Por esta época del año suelen cruzar manadas de caballos
ahuyentados
y en busca de nuevos campos. Recuerdo que logré darles
alcance
y me contaron que lograron salvarse de una cacería
emprendida contra ellos
para mandarlos a vivir a un potrero y luego de ser sometidos
al cubo de agua
y a la alfalfa son obligados en los hipódromos a correr
distancias de 1,000,
2,500, 5,000 mts. y no eres libre de correr sino que te
dopan
te colocan descargas eléctricas, te manosean, te latigan
con una fusta
despellejándote. Y así durante un buen tiempo mientras
ves acumuladas
alforjas de oro y plata. Hasta que llega el momento de ser
sometido
a la reproducción arrinconándote a una yegua a la vista
y paciencia de todos
sin intimidad en una mañana de tinieblas y poca luz y
luego te separarán
de tu yegua y potranco y pasarás tus años inmisericorde
como padrillo viejo
y cuando manques te dispararán un balazo en la sien.
Ya había galopado un buen trecho con la manada
que huía despavorida
y me dijeron que probablemente para el invierno
pasarían por aquí
para ir más al norte. Y se alejaron a la carrera.
Yo sabía lo que le sucede a un caballo en la ciudad.
Y por ello me mantengo
alejado de ella. Pero a veces me interno y sucede lo que
tiene que suceder.
Pero si yo me rebelo y persisto y amo terriblemente mis
posibilidades
de realizarme en un medio donde la civilización se mata
y permanecen
odios prefiero ser caballo. Mojaré
la tierra con mis orines calientes hirviendo con estas
ganas inmensas de vivir
y me uniré a las manadas para galopar hacia la vida
para mantenernos
unidos y vencer para no estar solos para volvernos
verdes-azules
amarillos-anaranjados-rojos y trotar hacia el nuevo
aire fresco
y el campo sin límites.
Seré libre así y al menos mis guardacaballos cuidarán
de mí
y de mi yegua
y de mi potranco.
RETORNO
Cecilia Izquierdo Rios
Debemos volver
llevando alegría
brindando amor
y sonriendo
saludar
a la yerba
desde el borde
de la risa y el llanto
afirmar
ante el río enfurecido
que hoy la luz ha recuperado
su antigua comarca
templo de amor redimido
en la mágica poesía.
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