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  Modernos poetas peruanos. Agudo observador de la realidad peruana, el poeta Pedro Escribano  
apela a la poesía para denunciar pero sin perder la noción de que un poema es una obra  
de arte y no un panfleto. Las poetas Ruth Hurtado y Silvia Ortiz, transmiten con  
alturadas palabras, su nostalgia, y romance con gran tacto femenino.   
PAGINA CUARENTA  

TRES POEMAS DE
PEDRO ESCRIBANO

LIMA NO ES UNA GOLONDRINA ENTRE LOS DIENTES

Mientras que las gaviotas ensucian sus alas en los cielos de Lima,
azules, las carretillas bajan por las avenidas como las aguas de un río.
Algunas se detienen, miran desde las esquinas
y se enrumban hacia parques más cercanos,
pero otras, como la tuya, Santiago, intentan ir más lejos.
Ya no es necesario tener un lamparín en el pecho
para demostrar que somos transparentes.
Señoras y señores exhiben
sus gorduras y sus pescados frescos,
y tú, Santiago, estas brillante como las botellas verdes de tu carretilla,
pero eres uno más en la calle.
Es imposible que ignores que algunos nos miren con espanto
y otros, los más sinceros, con asco.
Pero aquí estamos, Santiago, y somos las aguas de un mismo río,
que inunda el cuerpo gigante de Lima,
vieja ciudad, desde Pizarro y su santo Santiago, el primero,
que fue matamoros en la historia de historia de España,
que fue mataindios en estas tierras humildes.
El barbudo y sus compinches nos dieron de azotes,
nos llenaron de sangre la boca y el alma,
y cuando todo parecía indudablemente muerto y perdido,
nuestra memoria se hizo nube elevada
y dejó caer aguas vivas en nuestra garganta.
Como te digo, Santiago, así fue cómo creció el pasto y abundó el ganado
Y Santiago mataindios tuvo que hacerse amigo nuestro,
se puso poncho, se hizo alegría, rayo y horizonte
y desde entonces Santiago se llamaron sus hijos y los hijos de sus hijos,
hasta hacerse este río limpio o sucio, pero cierto.
Ahora que la historia ha dejado de ser noticias de libros y cuadernos
y la memoria es demasiado turbia para conservarla larga y celeste como una cinta,
ahora que el hambre es parte de nuestras nuevas costumbres
y la voz del señor y la señora gorda ofreciendo sus pescados frescos
es una hermosa golondrina entre nuestros dientes;
ahora, que tras siglos de los siglos nos reconocemos, Santiago,
sin ser Santiago matamoros, sin ser Santiago mataindios,
ahora, como en los tiempos de pólvora, seguimos siendo la última pregunta
y porque siempre estamos juntos, Santiago, Santiago, ¡otro emoliente!

LA CIUDAD Y LAS HORMIGAS

Cuando tenía la edad de los ancianos
las hormigas eran blancas
y los caballos tenían cuatro patas como ahora
entonces no existían calles ni avenidas
porque la ciudad era un bosque
latiendo en tus sandalias
y tú decías que yo tenía
el rostro de paisaje enloquecido
por extraños pájaros blancos que ya no existen

Fuimos en tanto ya no somos
porque mi experiencia cae
furiosamente en tu apellido
en tu frágil cuerpo de semana sofocada
porque la ciudad hizo de tus caderas
el mejor negocio

Si ahora tú me vieras
dirías que tengo el rostro enloquecido
por microbuses y groseras oficinas blancas
y que soy un hombre común
y mi trascendencia está en la rutina
levantando el polvo de silencio estremecido
pero tú no podrás llamarme
porque una sigla comercial detendrá tu voz
y verás que en un cajón de archivo
estoy totalmente cogido por el nombre
Del libro Manuscrito del Viento

LA BUGAMBILLA

Arroja al viento sus hojas secas,
pero los chaucatos ya no quieren cantar en sus ramas,
tampoco las lagartijas quieren subir
por su tallo para beberse al sol.
Su fronda era un incendio rojo.
La bugambilla de la casa hacienda
cobijaba los cuerpos cansados
de los peones de la hacienda Chocavento,
pero en las noches,
cuando la brisa esparcía sal marina,
refugiaba los cuerpos de amantes clandestinos.

La bugambilla todavía está de pie,
un alcalde dispuso que el fuego robe su sombra,
pero el fuego no pudo,
ella echó sus hojas con más fuerzas,
no al viento ni a las horas de la tarde
sino a la memoria,
pero allí ya no habita nadie,
solo agoniza la figura seca de una bugambilla
que ya no es amada por el canto de los chaucatos,
tampoco por las lagartijas que no quieren
subir por su tallo a beberse el sol.


DOS POEMAS DE
RUTH HURTADO

   INMATERIAL

Soy una sombra que huye
Una mujer que transita aferrada
A un rayo de luz que atraviesa
Una playa dormida.
Ahí se picotean las alas silenciosas gaviotas
Reposando en su espacio escondido
Soy el aire que danza
Sobre sombras nocturnas
Percibo la majestuosa luna
En la noche serena.

Corretear es mi sino
Diviso los muros de un malecón
Escucho sonidos sobre tibias arenas.
Todo silencio es mío
Cuando estoy en esa orilla
Es como sentarme al filo
De una mirada tierna.
Al puerto
No necesito ir me pertenece.
Ahora sé que estoy ahí.

Me subo lentamente
Al golpe de una brisa
Despierto entre sus brazos tibios y serenos
Blanca sirena soy, inmaterial, desnuda.

PUENTE DE MACAVILCA

A la ciudad de Sullana,
por su fraterna amistad.

A mi patio
Llegan los mirlos por la tarde
En el sillón desvencijado contemplo
Cómo se mece el silencio
Y me miran las rosas sin espinas
Sangre y fuego su color
Sus pétalos aterciopelados danzan
El baile de la caricia eterna
Sumiéndome en la placidez
Del ensueño.

En mi jardín Se yergue la estrecha palmera
Por sus hojas se desliza la tarde adormecida
Con sus trinos llegan las avecillas
Con el perfume aromado
La fragancia del mango, la ciruela y tamarindo.
En las aguas del río Chira
me quedé prendada de su cielo
Y en un instante fugaz
Aparecí convertida en quimera.

El puende de Macavilca suspira
Mientras el corazón se abre
Dejando salir los mirlos
Desde su jaula
en  can  ta  dos.
Del libro Obstinación


ALTIVA ALMA VUELVE

Silvia Ortiz

Sobre el mar, tus ojos
y en la envoltura
casi a pocos tu alma
día y noche, cuadros
sobre otros cuadros
la luciérnaga de amores vanos,
en el mar envuelve horas sobre sus olas.
Concibo tu caricia
con la lluvia y el universo en mi habitación,
niños sonríen a viva voz,
jolgorios nuevos detienen mi puerta,
laberintos esquivos,
que diría yo.

Quiero vivir confiada bajo la plenitud y el alba,
vivir en Dios en el vientre de mi madre,
creer en la alegría eterna
luz desde un balcón cualquiera,
y desde mis ojos y otros más, el llanto de mil niños
sobre paneles ausentes, murallas sin tiempo.
Leve abrigo sobre mi vientre,
y yo, allí me quedo, sin palabra,
sueño que a lo lejos sueños son,
pergamino mordaz sobre mi espíritu
y en las olas, el cielo estéril.
Del libro Los nudos de la noche




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