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En esta página tenemos a tres destacados poetas de la literatura peruana: el tacneño Federico Barreto  
y Nelly Fonseca Recavarren, quienes profesan el verso clásico. Se completa la página con  
Chrystian Zegarra Benites, merecido ganador del premio de poesía Copé 2005  
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ANTES QUE TU

Federico Barreto

Sonríes al pasar con ironía
porque me juzgas un rival vencido,
¡Imbécil! la mujer que has elegido,
antes que fuera tuya, ha sido mía.

Yo en sus labios de rosa bebí un día
la esencia del licor apetecido
y tú ¿de qué te ríes? ¿Qué has bebido?
las sobras en la copa de ambrosía.

Ella probó en mis brazos la ventura,
para mí fue ¡la flor de la hermosura!
yo fui, sábelo bien, su primer hombre,
hoy la posees, no me causa enojo.

Cuando la besas tú, cierra los ojos
y bajando la voz dice mi nombre...

¿Oh tú, infeliz, que sin nacer moriste!
Confusa unión del ser y de la nada,
funesto aborto, ¡oh, prole aun mal formada!
que del ser y no ser despojo fuiste.

Tú que de un crimen vida recibiste
y de otro crimen muerte acelerada,
de amor obra funesta y desgraciada.
De amor, víctima cruel infausta y triste.

¡Oh, no culpes a mi pecho felicida!
Dos traidores juzgaron de tu suerte,
amor contra el honor te dió la vida.
honor contra el amor te dió la muerte.

DOS POEMAS DE:
   Nelly Fonseca Recavarren

AROMA DE LA TIERRA

Aroma de la tierra recién regada,
que tiene una fragancia nunca igualada

En tí late el prodigio de la simiente,
las gavillas de trigo y el pan caliente.

En tí está el regocijo de los caminos
y los pesados bueyes de ojos cansinos.

En tí bulle la acequia cascabelera
y los niños que juegan en su ribera.

En tí está la cabaña y el humo lento
que rizan los azules dedos del viento.

En tí está lo más cálido y lo más puro:
amor de campesino; beso maduro,

que tal como el milagro de la simiente,
florecerá mañana sobre otra frente.

Aroma de la tierra recién regada:
¡Es Dios quien la perfuma con su mirada!

YO QUIERO SER UN MASTIL

Yo quiero ser un mástil erguido entre la niebla para orientar el vuelo de las aves remotas.
Y sentiré en mi tronco latir un alma de árbol
la noche en que rescate a una gaviota.

Yo quiero ser un mástil erguido entre las sombras que la aurora empavese con grímpolas de seda,
y escuchar las salmodias del viejo campanario:
el grave hermano blanco que ahuyenta estrellas.

Yo quiero ser un mástil inmóvil, solitario, con la quietud más noble, la soledad más buena.
Erguido en el regazo sereno de la tarde.
Erguido entre la orquesta triunfal de la tormenta.

Qué superior destino que es el de asomarse a un mundo en donde danzan locas girándulas de estrellas,
y ensartar una noche, tal como un pez de vidrio,
el disco transparente de cualquier luna nueva!

Yo quiero ser un mástil erguido entre las sombras en donde cuelgue el viento sus diáfanas banderas...
¡Y el día que rescate tu corazón de náufrago
serán como un arrollo de música mis venas!

ESCENA PRIMORDIAL

-3-

Chrystian Zegarra Benites

Te nombro desde los vestigios de mi animalidad, de espaldas a estos
/matorrales en que me adentro como un stalker que devela ante sus ojos el engaño
de la zona, y cuya recompensa es este tapizón de signos
bajo un cielo de ceniza. Después de la diáspora, al pie de este
/derrumbe de techos,
en esta Ciudad de Angeles donde vienen a morir las visiones de
/Wenders y Alberti,
te busco en las paredes de mi cuarto donde escribo aspirando un olor
/de crematorio
en el paladar, y esta manía de diluir los restos de la amnesia. Y cuando
/invoco
la segunda persona de tu nombre, la doble bizagra de tu carne inclinándose
en la baranda que mira hacia el refugio del mar,
/nace la culpabilidad/
como torso de Medusa en el espejo irreversible:
nacen estos 33 nombres que cuelgan de las astas de una nave ultramarina,
y el lenguaje como una espada en mi garganta.
Anochece,
la playa de la memoria se puebla de cadáveres y tus pasos de guía
se hacen firmes en la humedad de la orilla. La arena se vuelca en un
/cono invertido,
una circunferencia que se divide en 9 antecámaras y un grito. El humo
nos asfixia, los ojos miran siempre de frente y la esperanza debe dejarse
colgada como trozo de cocina en el marco de la puerta.
Esto pasó en mi año 33,
cuando tu sexo de vino embriagó mi mente,
y bajamos entre el vendaval de la borrasca y la borrachera
a habitar el cubículo del Padre de la Culpa, que escondía
la piel en una urdimbre de moscas. Y en este último reducto, nos poseímos
en un abrazo interminable que derribó el andamio de la historia con una
/mueca
sanguinaria. Y te miré desde la perspectiva de mis ojos redivivos,
con una espalda recta sosteniendo las nuevas columnas de los aires,
esbelto y voraz como una ballesta clavada en el blanco de la tentación.
Y de todos los ciclos migratorios, de especies con plumas de cobalto y
/anfibios
como dioses en retirada, padezco este deslinde de vocablos, estas hienas
que devoran ávidamente mis residuos en el festín de esta contradanza.
Expongo el borde de mi lengua que se multiplica en una camada de palabras
sobre estas hojas diagonales. Todos los hombres relucen a esta hora
como carneros degollados en el altar de la ignominia.
Sueño con una poesía como campo de exterminio de la inocencia,
de frases-verdugo
que acribillen los cerebros de mis contemporáneos y saluden
la negación como consecuencia indispensable de la histeria. Un
/ejército de poetas
agita mi cabeza en esta época en que lo cierto es una insignia
/intercambiable
por un señuelo lanzado a la conciencia como pedrada al mar.
El roce de un cuerpo
en la senda vacía de estas calles
hace que la carne se abra en dos,
y alguien se incruste como lanza traicionera en mi costado.
la coartada que necesito para abandonar este mundo luciendo
una corona hecha a mi medida; porque tú marcas el sentido de mis actos,
y si abro una zanja como el cauce de un río movedizo, tú estás ahí
/detrás del liquen
de mi piel, aquí entre la maleza que todo lo transforma. (Y este puente
que tiendo desde la superficie del poema hacia tu orilla es una vía que
/se desdobla
y no tiene inicio, porque eres todos los objetos de la tierra,
las letras de una frase sumergida en mi infancia, la caricia de la boca
/de mi madre
y el implacable giro del azote de mi padre, tus labios que tejen y
destejen una oruga impronunciable. Hablo todas las lenguas y ninguna,
tengo estos amuletos de polvo en un cajón de hojalata y la cifra de tu
/otra/edad:
los 33 orificios que desnudan la osamenta de tu rostro.)
Y sólo un beso basta para redimir la historia, aunque después el
/ostracismo,
la angustia y un fajo de metales cuelguen al intruso entre las ramas de
/la higuera.
Pero yo prefiero el beso de Klimt en una cama de oro, que me acoge
/lenta
como golpe de llovizna en un campo baldío; cuando la tierra ha parado
/de rotar,
y es hora de que el silencio balancee el firmamento en la hamaca de su eje,
abierto a la oscuridad con ojos de lechuza bajo los cactus.

de Escena primordial y otros poemas


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